En Múnich, el PSG no alzó una copa, levantó los restos de una idea que parecía imposible: que el talento colectivo superara al derroche de nombres. Que un equipo hecho desde la táctica, desde el sudor y no desde el marketing, podía conquistar Europa.
El 5-0 sobre el Inter no fue una victoria, fue una sentencia. Una exposición quirúrgica de lo que sucede cuando un grupo de futbolistas creen, sienten y entienden cada decisión de su técnico.
Luis Enrique diseñó una aspiradora. No desde el ego, sino desde la convicción. Con Doué como explosión juvenil, con Vitinha como metrónomo, con Marquinhos como columna vertebral. Pero sobre todo, con una idea colectiva que no se negoció ni un segundo.
El Inter de Inzaghi no compareció. Fue un equipo roto desde el minuto uno. Sin alma. Sin orden. Sin plan. El PSG no necesitó épica: le bastó con ser mejor en todo.
LUIS ENRIQUE 🏆🎓 pic.twitter.com/pSWZfOMMNs
— Paris Saint-Germain (@PSGbrasil) May 31, 2025
Y cuando el pitido final retumbó en Allianz Arena, Luis Enrique no gritó. Se puso una camiseta con el nombre de su hija Xana. Porque incluso en el momento más alto de su carrera, no olvida su raíz más profunda.
Lo de este PSG no fue un título. Fue una conclusión de una transformación que tardó años, millones y errores. Pero que solo la mente de un entrenador con alma de artista supo perfeccionar.
