Un genio, un depredador y una batalla de nervios en Montjuïc

El silencio en Montjuïc se quebraba con cada respiro contenido. El Barcelona, una maquinaria que busca recuperar su esplendor, se encontraba en un callejón sin salida frente a un Alavés infranqueable. Hansi Flick, en la banda, gesticulaba con frustración. No había espacios, no había resquicios. Solo Lamine Yamal parecía tener la llave de una cerradura oxidada.

El joven prodigio, con la valentía de quien desconoce el miedo, desafiaba a cada marcador como si el tiempo no existiera. En una jugada digna de los anales del fútbol, se internó en el área rival, dejando cuerpos atrás como si fueran meros estorbos. Su regalo para Raphinha quedó en la nada, pero el mensaje estaba claro: la magia de Lamine era la única esperanza.

El Alavés resistía con un bloque de granito. Cada segundo que pasaba, la ansiedad en Montjuïc creía. Y entonces, el fútbol recordó su crudeza: un choque de cabezas entre Gavi y Conechny detuvo el reloj. Ambos, con la entrega de guerreros, abandonaron el campo rumbo al hospital, dejando una cicatriz en el ritmo del partido. El Barcelona se apagó. La batalla se volvió una guerra de nervios.

Pero Flick reaccionó. Con la entrada de Frenkie de Jong y Eric García, la energía azulgrana se reavivó. Y Lamine, con su varita mágica, volvió a la carga. Su zurda esculpió una diagonal imposible que Owono desvió a córner. De ese saque de esquina, nació el único gol. Pedri encontró de nuevo a Lamine, cuya volea inverosímil rebotó en Tenaglia y cayó en los pies de Robert Lewandowski. Ahí, donde siempre está.

El polaco, sin dudar, embistió el esferico al fondo de la red. El depredador del área selló una victoria de oro. El Barcelona no falló y vuelve a estar a cuatro puntos del Real Madrid. La batalla por LaLiga sigue más viva que nunca.

Por Nayib MF

Mtro. Comunicación y Periodismo Deportivo

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